Lidia Falcón ha sacado libro hace poco. Mucha gente no tendrá ni la más remota idea de quien es, pero estamos ante una de las mayores luchadoras por la libertad y por la igualdad de género entre hombres y mujeres.
En su época, durante la transición, era una figura imprescindible pero las circunstancias cambiaron. Tal vez su error fue el de idealizar a la mujer, porque muchas de sus seguidoras abandonaron el feminismo tan pronto se situaron en la sociedad. La mujer ha llegado a ser ministra, a entrar en el ejército, y se olvidan de la lucha acomodándose al sistema.
Siempre ha pasado lo mismo durante los siglos de los siglos. La raza humana es siempre mezquina y egoísta, tener diferentes genitales de los hombres no las inmunizan de sus miserias. Eso es triste y lamentable, pero la realidad es cruel.
Por Lidia sentimos una cierta simpatía aunque seamos críticos con sus teorías demasiado radicales porque a veces son injustas. Ni todos los hombres somos machistas ni todas las mujeres feministas. A veces la realidad no es blanca ni es negra porque los espectros de colores son amplias. Con su radicalismo simplificó hasta lo indecible nuestros problemas creyendo que es una cuestión de genitales que los seres humanos nos comportamos de una manera u otra. La realidad no es así. La sensibilidad, la inteligencia, no tiene género. La solidaridad tampoco.
El tiempo todo lo coloca en su sitio. Aún así seguimos admirando a Lidia por su coherencia y por su fidelidad a una ideología que cierta o equivocada ha intentado conseguir un mundo mejor que el que padecemos en la actualidad.